Resulta casi imposible no realizar analogías entre lo que se está desarrollando en España y lo que sucedió en el 2001 en nuestro país. Pueden leerse algunos elementos comunes en ambos escenarios. Obviamente, este recorrido obliga a re pensar lo sucedido por estos lares hace 10 años.
Cuando uno ve las imágenes y lee las opiniones y comentarios de aquello que está sucediendo en Europa, se percibe ese desprecio por “lo político” en general y por las estructuras políticas en todas sus formas, que también se dieron acá. Surgen mensajes que rezan: “no representamos a ningún partido político, ni sindicato, somos ciudadanos indignados” y se acompaña esto con un dibujo de un “smile” pero triste. Esta ciudadanía enojada, triste por no estar obteniendo lo que desea (básicamente en el plano economico), está atrapada en una doble contradicción, que es necesaria superar a fin que el proceso tome un cauce de cambio real.
Esos ciudadanos, esas clases medias (definiendo esto más como un conjunto de expectativas que como una posición concreta en la economía), que hoy se ven excluídas del sistema (económico) se fueron en gran medida autoexcluyendo del sistema (político).
Este alejamiento de los ciudadanos de las actividades políticas, públicas, solidarias y comunales, es promovido claramente por una (cosmo)visión empresarial de la sociedad, donde la política se desvanece a los pies de la administración y la gestión. Y como todo saber, obviamente, queda en manos de aquellos que “saben”. Lo político ya no tiene lugar porque lo importante es cómo se administra y no aquello que se administra que aparece siempre como dado, indiscutido y jamás puesto en tensión. Es entonces el mercado quien rige y determina la vida de los hombres, mientras que la única acción posible de los pueblos es la de jugar con esas cartas que el mercado reparte. Lo más importante, entonces, es la honestidad de quienes administran y su capacidad de gestión siempre dentro de los márgenes impuestos. La política es construida e ilustrada como un juego sucio de intereses personales, encubiertos detrás de viejas banderas con discursos vacíos que solo utilizan a los pueblos.
Esta especie de nueva religión (que de nueva, no tiene nada en realidad) excluye a quienes no “saben”, excluye a quienes discuten las condiciones de esta negociación entre la sociedad y el mercado, excluye a quienes levantan viejas banderas. Es decir, tarde o temprano, termina excluyendo a los pueblos del manejo de sus destinos.
Entonces, la doble contradicción es clara: por un lado los ciudadanos se desligan de las decisiones políticas y desconfían de todo aquello que suene a “política”. Las decisiones se apartan de ellos, se externalizan y los excluyen; entonces recién allí reclaman por su lugar perdido, que en el fondo no es más que el espacio vacío que ellos han dejado.
En conclusión, y tomando nuestro ejemplo podemos afirmar que, si bien este discurso de apartamiento de lo político no se ha superado del todo, y en los sectores medios aún se oyen algunas voces levantar esas banderas de un mundo político oscuro y corrupto, la única forma en que los pueblos no se sientan fuera del juego es que nunca dejen de jugar, que a través de las herramientas políticas y sociales que tengan a mano y aquellas nuevas que puedan concebir, mantengan siempre en sus manos las riendas del futuro de la sociedad. Con militancia política y con compromiso social, no hay forma de sentirse fuera del camino que un país recorre.
MILITANCIA EN ACCIÓN 2011


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